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EXTRACTOS DE UNA CONVERSACIÓN CON PABLO REY.
Por Carles Lapuente, (Poeta).S
Carles
Lapuente – Para abrir una puerta, en este portal al diálogo
que vamos a establecer, me gustaría que ambos aceptáramos
una premisa, y ésta estriba en el convencimiento profundo de que
el arte puede ser un camino de conocimiento. Partiendo de aquí,
¿ tu crees, Pablo, que, además, este camino facilita el
contacto con un discernimiento, por así decirlo, superior ?, o
dicho de otro modo ¿ se puede entender el arte como una especie
de mística, de vía paralela al sentir emocional y racional
?.
Pablo Rey – Bueno, este es un tema bastante delicado,
no me gusta demasiado hablar de ello porque no quisiera que se entendiera
mal, como una pose, por otro lado tampoco me gustaría que no se
entendiera dado que pienso que en este asunto nos encontramos ante un
tipo de experiencia que es de carácter muy personal, casi intransferible.
Sin embargo yo creo que sí, el arte , en tanto que herramienta,
amplía el abanico de nuestro campo de percepción y interpretación
del ser humano, de la vida y los fenómenos que de ella se derivan.
En ese sentido, y relacionado intrínsecamente con mi propia experiencia,
tienes un ejemplo en el trabajo que efectué con “Campo Policrónico”.
Pues bien, se trataba de un momento en mi obra en el cual el proceso de
creación era muy rápido. Pintaba unos cuadros de tamaño
considerable, de dos metros incluso, en sesiones que no acostumbraban
a durar más de media hora o una hora. Te explico esto para ilustrar
de algún modo de qué manera mi forma de expresión
en aquella obra se acercaba a un límite que va mucho más
allá del mero acto de pintar. Evidentemente si pintaba tan rápido
no era por una cuestión de productividad…
C.L. - ¿ Qué era lo que perseguías ?.
P.R. – Lo que buscaba era que la pintura fluyese sin que estuviera
condicionada por unas reflexiones previas o por lo racional, es decir,
que por encima de todo fluyera el sentimiento, y era en ese dejar fluir
que la obra tomaba cuerpo, que se manifestaba, por así decirlo,
una realidad que no era del todo aparente, nueva. Te puedo decir que,
si bien es cierto que las sesiones de trabajo eran cortas también
eran muy intensas, tanto que en cada una de ellas quedaba completamente
extenuado y como vacío. Entonces precisaba de dos o tres días
para recuperarme, para llenarme nuevamente de experiencias, de imágenes,
de visiones, de sentimientos, de sensaciones, que luego eran regurgitadas,
como un ciclo, sobre la tela. De manera que, enlazándolo con lo
que me has preguntado, lo único que puedo decir es que yo en ese
momento me sentía como un vehículo, un instrumento para
revelar una obra que ya estaba gestada, un pararrayos que atraía
las desbocadas fuerzas de la naturaleza. Y lo curioso, ante este discurso
que puede parecer irracional en extremo, es que la obra funcionaba, que
a la postre tenía consistencia, que había un orden en mi
obra que instrumentalizaba el caos.
(…/…)
C.L.
– Hasta aquí hemos estado haciendo casi de arqueólogos
del arte y me gustaría que volviéramos a la contemporaneidad.
¿ Qué pintores en activo te interesan, Pablo ?.
P.R. – En España me atraen especialmente las obras de Juan
Uslé. También Gordillo por su actitud ante el acto creativo.
Hay bastantes en otros países, pero no me gustaría dejar
de citar a David Reed, Richard Tuttle o Jonathan Lasker. Entre los figurativos
John Currin me parece muy destacable. (…/…)
C.L. – Sabiendo de tu pasión por Pollock y del lugar de referencia
que ocupa en tu obra lo que nunca me has contado es cómo llegaste
hasta él.
P.R. – A Pollock, en un primer estadio lo estudié en la universidad,
se trataba de una asignatura sobre los expresionistas abstractos norteamericanos,
pero donde realmente descubrí a Pollock, sin lugar a dudas, fue
en Nueva York. Yo lo había visto en reproducciones, libros, y de
eso ya hemos hablado sobradamente, vivimos en un mundo en el que la reproducción
mecánica altera lo original, sufrimos la era del espejismo mecánico,
de los simulacros y en el caso de Pollock es consubstancial a su obra
verla tal cual es. Uno de los cuadros que más me ha impactado es
uno de Pollock, un Action Painting, que centra una de las salas del MOMA,
debe de medir aproximadamente unos ocho metros por cuatro, y , al verlo,
quedé literalmente fascinado. Me afectó bastante. Yo siempre
discuto con algunos amigos que me consideran un pintor bastante americano,
pero ello es inevitable. Yo nací en Europa, me formé académicamente
en Europa, con mi padre también, puesto que yo aprendí a
pintar con mi padre, el cual era un pintor realista, de plain air, y sin
embargo yo entonces todavía no estaba formado, no había
tomado decisiones, sencillamente estaba absorbiendo. No es hasta llegar
a Nueva York, conocer a Pollock y vivir un conjunto de experiencias que
hago mi toma de partido. La obra de los grandes expresionistas abstractos
americanos me interesa mucho, De Kooning, Franz Kline, Arshile Gorki,
Rothko, pero sin lugar a dudas, para mí Pollock destaca entre ellos.
(…/…)
C.L.
– Ya que también hemos hablado de Velázquez y a propósito
del excelente libro de Ramón Gaya, “ Velázquez, pájaro
solitario “, el cual se que es uno de tus libros de cabecera, me
gustaría que me comentaras cual es la recepción que ha tenido
esta obra en ti.
P.R. – Para empezar, lo que me gustaría concretar es que
me interesa mucho este libro porque va más allá de Gaya.
Yo creo que Gaya estuvo inspiradísimo en este trabajo y si bien
es un pintor que para mi es extremadamente ortodoxo en la visión
que tiene de la pintura, en esta obra consigue plantear una reflexión
que va más allá del arte. De este modo utiliza a Velázquez
como excusa y consigue plasmar una determinada actitud ante la vida que
es precisamente por lo que admiramos a Velázquez. Es decir, al
hacer una asimilación de Velázquez con la figura del pájaro
solitario, que es ese ave en la obra de San Juan con los cinco atributos
de resonancia mística; que se va a lo más alto, que no sufre
compañía, que pone el pico al aire, no tiene determinado
color y que canta suavemente, consigue una síntesis perfecta para
comprender al pintor-hombre en relación también al artista.
C.L. – Hay una idea en la obra de Gaya que es muy recurrente y que
yo relaciono con tu obra y es cuando se refiere a Velázquez en
términos de un pintor que no es que deje de pintar, en determinados
momentos, su famosa pereza, sino que aspira a no pintar.
P.R. – Es un concepto muy profundo.
C.L. – Aunque a priori pueda parecer un sinsentido.
P.R. – Pero no, no lo es. Hay una cosa, que en Pollock está
presente y me refiero a cuando consigue tomar distancia con la pintura,
es decir cuando no nos dejamos esclavizar por la pintura, cuando no queremos
pretender algo sino que lo hacemos y que ocurre exactamente igual en el
caso de Velázquez. Es un posicionamiento muy complejo que implica
distanciarse del yo pintor, puesto que precisamente a muchos pintores
lo que los acaba coartando es que son pintores, que han nacido pintores
y como lo sienten de ese modo al final la pintura les puede. Yo siempre
pongo como ejemplo el caso contrapuesto de De Kooning y Pollock. De Kooning
aún está luchando en la superficie de la tela, con el gesto,
con la materia, con la luz, con el pincel, es decir, no deja de ser un
esclavo de la pintura, esta en una lucha, material además, en cambio
Pollock ha vencido esa batalla, la ha superado. O pongamos, si tu quieres,
ya que estamos con Velázquez, otro caso paradigmático que
es el de Rembrandt y él, ya que los dos son contemporáneos.
A Rembrandt le ocurre exactamente lo mismo, se encuentra en un estadio
agonístico, de pulso material con la pintura mientras que Velázquez
ya se ha alejado de eso, ya ha ganado esa lucha, ha sido capaz de distanciarse
de su instinto natural de pintor, de la textura, del color, de la pincelada,
ya ha sorteado esa etapa, trasciende eso y es entonces cuando recibimos
la sensación de que solamente ha pasado por allí, que con
un pequeño gesto ha dominado a la pintura, es como si traspasara
la tela, su pintura fluye, doblega el instinto y nos muestra el correlato
objetivo de algo que va más allá de la lucha cuerpo a cuerpo
entre el pintor y su obra, y ese algo es mágico, inaprensible ,
pero real.
C.L. – Gaya matiza esto certeramente cuando dice que el arte no
es más que un hermoso lugar de paso, un estado de apasionada y
débil adolescencia que el artista creador, el creador, siente muy
bien que debe dejar atrás. Me gusta ese concepto de la obra como
un espacio de transito, como una puerta abierta en el límite de
la percepción sensorial hacia otra percepción nueva.
P.R. – Sí, porque hay quien usa el arte solamente para posicionarse
en lo terrenal, que cae en el mero artificio, en lo ingenioso, en el deslumbramiento,
sin embargo la pintura es otra cosa, el arte es otra cosa, no es una cuestión
de habilidad ni tampoco de originalidad. Hay un elemento añadido
en los grandes pintores que trasciende eso, como es el caso de Velázquez,
también en Pollock se percibe ese aura.
C.L. - ¿ Y Duchamp ?
P.R. – Duchamp es fundamental por otra razón. El mérito
de Duchamp, entre otras cosas, es que pone la pintura en su sitio. Trasciende
el tema, la representación y al inaugurar el conceptual nos devuelve
al campo en el cual prima el contenido por encima de la forma. Y esto
es eminentemente esencial para la historia de la pintura. Dicho esto lo
que hay que matizar es que Duchamp no era un pintor estrictu sensu, por
supuesto se inició en la pintura pero él se da cuenta enseguida
que sus necesidades són otras, que le urge un nuevo lenguaje y
de este modo, someramente, se abre la puerta al conceptualismo. En todo
caso estaría bien recordar aquella frase de Duchamp, en la línea
mordaz que lo caracterizaba, en la que dice que, puesto que vivimos en
una época en la que el general en la batalla ya no muere encima
de su caballo tampoco tiene sentido que el pintor deba morir en su caballete.
C.L. – Es el mismo caso de Warhol, a mi parecer.
P.R. – Por supuesto, Warhol revela una realidad contemporánea,
nueva, puede gustar o no, se puede estar de acuerdo con él o no,
pero forma parte, ineludiblemente, de ese entramado que llamamos historia
del arte, casi me atrevería a decir que en el arte no ocurre nada
por casualidad, Warhol tenía que pasar, me refiero que esa concatenación
de fenómenos , llamémosles evolutivos, de reordenación,
de exploración, es lo que permite que la pintura nunca muera. A
mi me hace gracia cuando se anuncia la muerte de la pintura…
C.L. – Pero la pintura está en un estado permanente de crisis,
es más, debe de estarlo, como cualquier manifestación artística,
para sobrevivir, para no anclarse.
P.R. – Eso es fundamental. Solamente después de una gran
crisis se reformula todo y aparece una obra de nuevo cuño.
C.L. – En todo caso ¿ tú crees que se vive la abstracción
como una crisis que todavía no ha sido resuelta ? y estoy refiriéndome
al tópico, a la mirada que se acerca al abstracto entendiéndolo
como un caos, como un eclecticismo, como un cul-de-sac, como una fuga
sin fin.
P.R. – Esa es una mirada demasiado lastrada. Hay una carga apriorística
en la actitud contemplativa del espectador medio que castra cualquier
posibilidad de interacción con la obra. Pero eso es lógico,
hemos nacido en el siglo de la imagen, del cine, de la televisión,
de una multiplicidad de estímulos visuales ante los cuales no hemos
sido realmente educados y la mirada, como cualquier otro sentido, es susceptible
de ser pulida, instruida.
C.L. – En tu imago mundi cinematográfico ¿ cuáles
son los referentes que destacas ?
P.R. – Hay tres nombres, para mi indiscutibles, un español,
un italiano y un francés, me refiero a Buñuel, Antonioni
y Godard. Tres cimas muy altas. Buñuel por la fluidez de su puesta
en escena, nada constreñida, Antonioni porque es la explosión
de un lenguaje completamente nuevo, muy refinado y Godard sobretodo en
sus diálogos.
C.L. – Yo se que tu eres un gran amante de los toros y de tu admiración
hacia la figura de José Tomás.
P.R. – Sí, para mi el toreo se engloba casi exclusivamente
en ese nombre. Yo con José Tomás me he llegado a emocionar
y conmocionar, he sentido una empatía muy profunda, es de una belleza
plástica, emocional, vital, es una experiencia total en el amplio
sentido de la palabra, que me llena, como el arte. Produce unas emociones
y unas sensaciones que van más allá de uno mismo. Es un
arte muy ligado a la realidad pero que al mismo tiempo trasciende, lo
mundano, lo terrenal, una danza que nos eleva hacia lo divino. Por eso
José Tomás me gusta, porque es representativo de esa transformación
de la corrida en arte, otra cosa seria otra corriente del mundo taurino
que es el puro espectáculo.
C.L. – Estableces un paralelismo entre el torero y el pintor. Como
si el fin que persiguen ambos sea el mismo. Una búsqueda de algo
que va más allá. Del misterio.
P.R. – Sí, porque en cierto modo la lucha es la misma. Bueno,
hay que matizar siendo realistas que el torero se juega la vida, pero
la pintura, como el ruedo y el toro, el torero y su espada, están
en el mismo entramado, son un medio, un medio para trascender, no son
el fin en si mismo. El camino aceptemos que es el mismo, lo único
que cambia es la forma, pero la finalidad es compartida, esa necesidad,
como decía antes, de elevación, de sublimación, en
pos de lo absoluto.
C.L. – Sin salir del terreno de lo pictórico, el otro día
hablábamos de aquello que está en la pintura pero que no
se aprecia a simple vista, no se manifiesta. Dijiste que el arte encierra
lo que no se ve, y esto lo encuentro muy profundo porque nos aproxima
a una valoración de la obra de arte que va mucho más allá
de los órdenes exclusivamente estéticos. Esto puede crear
cierta perplejidad, pero yo creo que debemos admitir que a veces nos movemos
dentro de un orden de cosas que son de naturaleza instintiva, quiero decir
que ,a veces, en el acto de creación nos posicionamos en un punto
que transgrede lo puramente racional y en consecuencia es lógico
que arranquemos de ese magma un paisaje ignoto. Recuerdo haber escuchado
un día a Enric Cassasses decir que los artistas trabajamos con
fuerzas que desconocemos.
P.R. – Yo lo que pretendía explicar es que a veces haciendo
una cosa también estás diciendo que es lo que no quieres.
Es decir, hacer unas cosas es dejar de hacer otras. Siempre hay que elegir,
hay que saber posicionarse. Tendemos a fijarnos mucho en el resultado
de la obra, pero la actitud del artista, la manera como el artista se
enfrenta a la obra es algo tanto o igual de esencial. Eso es lo que determina
el proceso constructivo de la obra, el dilucidar que es lo que nos interesa
y que no nos interesa, a nivel físico, espiritual, mental. La creación
es compleja como la vida misma.
C.L. – Es un proceso de selección.
P.R. – Sí, en el que tomamos constantemente partido, que
nos aleja de unas cosas y nos acerca a otras. Pero para eso también
es necesario tener fe, no la fe entendida en su connotación religiosa,
sino la fe interior, la verdad interior, la seguridad en uno mismo. Y
en este sentido yo he luchado mucho conmigo mismo. Es por eso que el arte
es un proceso de revelación. Ahora, en qué consiste esa
revelación, lo desconozco. Yo siempre digo que la pintura es una,
hecha por diferentes pintores. No la puedo explicar pero la siento. Sé
que estoy dentro de la pintura. Intento no salirme de la pintura. Yo siempre
digo que soy muy ortodoxo pintando porque para mí la pintura es
una cosa muy sencilla y muy compleja a la vez, que consta básicamente
de la tela, del pigmento y del pincel, es decir, yo nunca uso, por ejemplo,
espátula, he utilizado otras técnicas cuando me ha interesado,
en la serie “Correction”, por ejemplo, pero ésta era
una etapa en la cual todavía estaba creciendo, pero en este momento
mi certeza absoluta estriba en el uso de los tres elementos que he mencionado
antes.
C.L.
– Siguiendo este razonamiento, hay un peligro que a mí siempre
me ha obsesionado que estriba en la tentación por el absoluto,
puesto que en el discurso poético no hay nada más estéril
que dejarse atrapar en las redes del lenguaje simbólico; quiero
decir que siguiendo esa vía se llega a un punto muerto en el cual,
debido a la multiplicidad interpretativa de la palabra, se acaba por no
decir nada. Es como si uno se dejara encadenar por el tema. ¿ Crees
que se puede establecer una analogía con la pintura ?
P.R. – Es por eso que he tomado el grafitti, entre otros, como referente.
Porque considero que el acto creativo nunca jamás debe ser onanista,
ecléctico, hemos de ser capaces de establecer un trasfondo comunicativo.
No se trata de que el grafitti tenga unas cualidades artísticas,
o pictóricas, o místicas, sin embargo sí que nos
encontramos ante una forma de expresión libre, nada condicionada,
pura, al servicio de la protesta en sus inicios y además es una
acción rápida y espontanea, sin pretensiones; por otro lado
es una imagen que es muy reconocible de modo que es en ese sentido que
me interesa el grafiti, como excusa, como clave. Ahora bien, lo que hay
que puntualizar es que yo no soy un grafitero ni he hecho nunca un grafitti,
aun cuando he tenido las oportunidades, sobretodo en Nueva York, que es
la cuna. Lo que ocurre es que yo no provengo de esa cultura, por lo tanto
me resultaría imposible adoptar ese lenguaje en el sentido estricto.
C.L. – Entonces podría parecer una impostura.
P.R. – Y sin embargo no lo es. Es un pretexto, de la misma manera
que Warhol utiliza la lata de Campbell como figura reconocible por el
gran público. De igual modo yo me sirvo de ese concepto que está
en la imaginería popular para transmutarlo y atraerlo hacia la
órbita de la pintura, que es lo que soy, al fin y al cabo, un pintor.
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Espacio autorregulado
# 6, 65 x 73cm. Acrílico sobre lienzo. BCN 2001
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