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PABLO
REY. ENTREVISTA CON PILAR GIRÓ. Historiadora y crítica
de arte.
18 de Abril, 2005
P.G. Entre la última exposición que
hiciste en esta galería y la que presentas ahora han transcurrido
tres años. Un tiempo suficiente para permitir cierta evolución
a tu discurso pictórico, aunque siga presente un hilo conductor.
El espectador que se haya penetrado de tu lenguaje puede apreciar que
sigue presente esa huella que trajiste de New York, pero hay una diferencia
abismal entre la serie Campo Policrónico que casi cerraba la anterior
exposición y los Estados Complementarios de la actual.
P.R. Claro, en realidad parecen diferentes formalmente,
pero no lo son tanto. Mi trabajo se podría comparar a un árbol,
cuyo tronco sería el artista, al que le van saliendo ramas. Lo
que me interesa en realidad es la pintura, por eso lo que intento hacer
es pintar y considero que hoy día lograrlo es un gran reto, porque
la tradición es muy larga y la historia de la pintura también.
En conclusión, para levantar un pincel debes tenerlo muy claro
ya que es muy arriesgado. Quizá mis cambios sean de tipo formal
pero siempre me ha interesado la pintura y he procurado no salirme de
ella.
P.G.
¿Qué queda de New York en tu pintura?
P.R. Todas las experiencias que tienes en la vida te
forman y te influyen. La de vivir en New York por supuesto que fue vital,
sobretodo por dos razones: soy hijo de pintor y necesitaba, en términos
psicoanalíticos, “asesinar” a mi padre, tomarle distancia
para poder crear mi propia obra. Fue New York como podría haber
sido cualquier otra ciudad la que me proporcionó esta consecución.
De otra parte siempre es interesante vivir en una ciudad en la que el
arte tiene una presencia importante, tanto a nivel de galerías,
museos, como de artistas de todo el mundo que confluyen allí. Lo
que queda es el análisis de un contraste. El peso de la tradición
en Europa es mucho y América es todo lo contrario, encontrar el
equilibrio ha sido fundamental para mí. Creo que América
me dio esa parte de riesgo y experimentación, el atreverse a probar.
En este sentido talvez son más libres, incluso para equivocarse.
Toda esta atmósfera creo que es muy importante adquirirla para
poder volar, aunque te estrelles. En el arte, como me contaba Chillida
con palabras de Miró, no hay que tener miedo de adentrarse en la
noche. El arte, para mí, está relacionado con el misterio
y la única forma de entrar es meterse y perderse. El arte tiene
que ser arriesgado.
P.G.
El espectador, ante tu obra, también puede meterse y dejarse perder
por donde quiera, pues son superficies pictóricas sin un centro.
Esta descentralización formal de la obra creo que estaría
de algún modo relacionada con conceptos filosóficos de nuestro
presente, consciente ya de que no hay una única verdad, que es
posible construir la propia realidad. No sé si podrían ser
leídos como tu opinión de presente.
P.R. En este sentido sí. Lo de la centralización
me parece poco democrático. Que haya diferentes centros, a nivel
estético también, creo que es muy afín a la sociedad
en la que vivimos, porque una de las cosas sobre la que hablo en mi obra
es de la libertad, sobretodo en esta última obra. En estos cuadros
no hay unas reglas concretas que puedan explicar cómo se han realizado,
es una obra que fluye, se auto-organiza y encuentra su propio espacio
sin responder a normas preestablecidas. Anular la idea de centro también
está relacionado con mi experiencia americana. El “all over”
de Pollock me interesó bastante y mi obra lo refleja. No me interesa
que haya un punto concreto entorno al cual todo gire. Mis obras las considero
como universos con múltiples galaxias en constante movimiento y
formación.
P.G.
Es asombroso que, por un lado, tu trabajo resulte de una contemporaneidad
absoluta, abordando temas tan políticos como la descentralización
y, por otro, aborde un discurso tan clásico como el de querer recuperar
la pintura desvinculada de lo pictórico.
P.R. Creo que el problema de muchos pintores actuales
es que se han ido por la tangente. Nada sale de la nada y entiendo que
hoy en día atreverse, con pinceles y color, a intentar aportar
algo nuevo al conjunto de la pintura no es fácil. Pero ese es el
gran reto y por eso me interesa la pintura. A veces veo videos, fotografía,
instalaciones y tengo un sentimiento empático con esas disciplinas,
incluso me gustaría experimentarlas en algún momento de
mi vida; pero el reto en mi caso está en la pintura. Supongo que
porque siento que he nacido pintor y no lo puedo obviar. La pintura es
el medio en donde me siento cómodo para expresarme, además
me provoca.
P.G.
¿Este enorme interés por la pintura en sí es la causa
de un resultado tan abstracto?
P.R. Pienso que toda la buena pintura siempre
ha sido abstracta, ya desde Velázquez o incluso desde los Venecianos.
Ahí reside su gran maravilla: que en realidad es una gran mentira
que crea una ilusión de verdad. Ya con Cézanne se entiende
la abstracción en términos más contemporáneos;
en el transcurso del siglo pasado todo ha evolucionado de forma casi frenética
y ahora se podría incluir en el significado de abstracción
todo el campo virtual. Al intentar captar esta otra realidad virtual que
las nuevas tecnologías proporcionan a la comunicación, talvez
se pueda producir, desde una visión actual, un avance estético
como el que supuso la aparición de la perspectiva en el Renacimiento.
Aquí entra el espacio, el otro gran tema que me fascina de la pintura
y especialmente crucial en el desarrollo de mi trabajo. Cómo se
ordena en estos cuadros, cómo se auto-organiza, son cuestiones
que los acercan a planteamientos que también se proponen desde
la física cuántica.
A veces creo que mis cuadros están hechos antes que yo los pinte,
de alguna manera sólo tengo que descubrirlos.
P.G.
El espacio es vital, pero el tiempo también es muy evidente en
tu pintura.
P.R. En mis cuadros hay un tiempo aparte de un recorrido.
Manejo el tiempo como un concepto: las líneas y las manchas se
van disponiendo y por su espacio se desarrolla el tempo lento de cada
una de ellas.
P.G.
Este espacio/tiempo que se dispone en las obras, ¿crees que es
más próximo a una realidad interior o a una exterior?
P.R. Sin duda exterior. Yo siempre digo que soy un pintor
“realista”. Lo que pinto no es algo que me invente, ya está
en la naturaleza, está en la calle. Por ejemplo, los graffiti.
El graffiti es otro de los aspectos fundamentales de mi obra. No soy un
grafitero ni se trata de un graffiti hecho por un pintor, es utilizar
un recurso de la cultura popular que creo conecta con mis necesidades
expresivas; del mismo modo que las luces nocturnas de una autopista o
unos cables eléctricos también pueden aparecer en mi obra.
Me interesa estar atento a lo que ocurre a mi alrededor.
P.G.
Hablemos de lo que ocurre dentro de tus cuadros. En la serie Estados
Superpuestos hay una especie de unidad en el interior de cada tela,
las líneas son un continuo como si se tratara de múltiples
monólogos al mismo tiempo, harmónicos eso sí; en
cambio, en la serie Estados complementarios las líneas y las manchas
se asemejan a palabras sueltas con las que tu invitas al espectador a
construir su propio discurso.
P.R. Sí. Tanto mi parte racional como la emocional
son muy fuertes, lo ideal sería llegar a equilibrarlas, pero no
siempre se consigue. Estados superpuestos parecen más
racionales, pero yo los siento más emocionales; al contrario, Estados
complementarios dan la sensación de ser muy emocionales y,
sin embargo, pueden ser mucho más racionales. De todos modos, las
dos partes siempre están en mi obra.
A veces, para seguir pintando, es necesario un tiempo de silencio para
reflexionar y gestar otro parto. Estados superpuestos me ayudó,
sin callar, a llegar a los complementarios.
P.G.
Otro aspecto constante en tu obra es la coincidencia entre el microcosmos
y el macrocosmos.
P.R. Es que el mundo es así, el universo es así.
Ese es el misterio en la vida y también en mis cuadros. En estos
últimos incluso conviven diferentes escalas de representación.
Formalmente un estado, en un cuadro, podría ser una mancha, una
actitud, una vibración, pero no sólo una cosa concreta,
sino algo que se complementa para crear un todo, ahí entra lo micro
en lo macro y viceversa. Esto que me interesa como idea también
tiene una función plástica, hace que mi obra sea rica en
contrastes.
P.G.
Esos contrastes provocan un movimiento constante en la superficie de tus
telas. Los colores llenos de luz, las líneas flotando sobre una
superficie monocroma y plana, dibujan un espacio totalmente habitable
para los sentidos.
P.R. Utilizo la línea como forma. Mi línea
sería como la idea que Da Vinci tenía del sfumatto,
un lugar donde el dibujo y la pintura se unan. Yo veo que en mi pintura
eso está unido, lo que parece línea también es color
y luz. Eso provoca la densidad del espacio aún siendo una pintura
plana. La materia no me interesa, la pintura ya tiene su propia materia
y no quiero reiterar sobre eso. En mi obra hace tiempo que no hay materia,
incluso en la serie Correction (1998-1999) lo que hacía era una
materia de vacío, porque sacaba pintura en vez de añadir.
P.G.
A lo largo de tu trayectoria artística parece que cada vez más
te marcas el objetivo de alcanzar la pintura en su estado “puro”.
Tus colores son limpios, las formas no dan pie a confusión, la
paleta cromática tampoco.
P.R. Mi paleta de colores es instintiva. En cuanto a
la aplicación de los colores tiene que ver con mi concepto de no
contaminar la pintura. Quiero que mi pintura sea limpia, en el sentido
que la pintura ya es un engaño suficientemente interesante como
para añadirle más cosas que luego la confundan. Intento
que en mi obra la pintura sea muy pura y en esta obra creo que hablo muy
claro, que no engaño a nadie y que existe la alquimia justa y necesaria.
Siempre vislumbrando la pintura como un medio y no como un fin en si misma.
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