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LA PINTURA
EN LIBERTAD Y LA LIBERTAD DE PINTAR DE PABLO REY
Arnau Puig. Filósofo y crítico de arte.
¿Por qué impresiona la pintura, si quien
ante ella se encuentra se halla ya en un mundo de colores que abarca desde
los violetas matutinos hasta los azules vespertinos? Quizá sea
porque la pintura en manos de una conciencia puede convertirse en un instrumento
de lucha para vencer la fugacidad de lo perceptivo natural y con ello
expresarse, mostrar adhesiones, cambios, odios, flemas y tormentos. No
sé si ésta pudiera ser la justificación de que existan
los pintores, pero indudablemente están ahí porque después
de pasarse siglos haciendo de informadores de sucesos y acontecimientos,
ahora barruntan que pueden mostrarnos los colores sin que sea necesario
que lo sean de algo o pertenezcan a alguna cosa, sino sólo que
se ofrecen como armas de combate para que se los use en una lucha en la
que son al mismo tiempo esencia de aquello a lo que aluden y su misma
realidad. Los colores hacen presente y efectiva la sensibilidad humana.
Después de este preámbulo para que aparezcan los colores
como entes reales, vivos y autónomos, me gustaría acercarme
a Velázquez diciendo de su obra todo lo contrario que los más
castizos críticos han señalado en ella: decir que en absoluto
es un pedestre realista ni, mucho menos, de lo que ya le objetaba la carencia
Carducho, un idealista (ambas adjetivaciones sirvieron para disfrazar
con palabras y mostrar con colores la realidad banal y acomodaticia de
su tiempo). Velázquez sólo era un pintor, tenía la
necesidad de pintar; pero no podía prescindir del modelo, no cabía
esa supresión en sus posibilidades de plasmar los colores sobre
la tela. Velázquez se apercibía que de la amorfosidad indefinida
y oscura surgen las ansias, aparece la necesidad de que se muestren los
colores, que darán presencia a lo que anida en la conciencia y
en el inconsciente de cada uno. Él fue uno de los más efectivos
iniciadores de la realidad objetiva de los colores, que permiten a quien
tiene las ansias de pintar servirse, sin más, de ellos.
Ese era un preámbulo casi imprescindible para instalarnos ante
la obra del pintor nato que es Pablo Rey. La alusión a Velázquez
tiene sus motivaciones porque, como ser humano, Pablo Rey ha estado sometido
mucho tiempo a otra cierta manera de ver el color, como vibración
atmosférica, también atribuida a Velázquez. Al final,
empero, se dio cuenta que para un pintor el color no tiene otro atributo
que el de su presencia; y que lo demás viene, procede, de la voluntad
y de la necesidad del tratamiento a que alguien lo someta. Así,
pintar consistiría en plantar el color que nace en mí y
aparece ante el espacio de la tela por quién sabe qué motivos
y, acto seguido, dominarlo, para que responda a la intención de
por qué, entre color y artista, se plantea aquél encuentro.
Al igual que Velázquez – se percibe en sus obras -, Pablo
Rey es muy impulsivo, pero también – como en el pintor sevillano
– hay en la obra de nuestro artista contemporáneo una actitud
muy meditada. Los colores en la tela pueden tener, y casi siempre tienen,
propensión a ordenarse; eso se ha designado picturalismo y consiste
en que los armónicos en el cuadro surjan de los contrastes. Hay
que evitar esa ordenación “natural” si se quiere que
el cuadro adquiera objetividad, se imponga como obra de arte no por lo
que cuenta sino por cómo está pintado. Sólo así
será posible que los colores entren en otra dialéctica interna,
que los hará belicosos hasta exigir la intervención del
artista. En una pintura sólo deben estar presentes dos hechos:
la pintura, como un color, el que sea, y la huella del tiempo, la duración
que aquella mancha de pintura ha exigido para ser plasmada en el espacio
pictórico en función y según el imperativo intencional
del artista. En esas pinceladas deben quedar fundidas, además,
la línea y el color y absorbida y anulada la noción de fuente
luminosa generadora de cromaticidad y de formas, lo que sería impropio
de una noción moderna del color.
En el caso de Pablo Rey el tiempo no hay que confundirlo con la gestualidad,
sino que responde a las exigencias de su transcurrir rápido o lento
según la necesidad energética que exija la pincelada misma,
con su morosidad trabajada, que el color en un momento o en un contexto
dado impone al cuadro y al pintor, al margen del procedimiento utilizado,
óleo, acrílico, tinta china u otro. Objetivado y activo
ello en todas y cada una de las presencias cromáticas o de las
incisiones lineales, distinción que sólo debe aludir a la
amplitud de la presencia plástica del color. Porque pintar se convierte
en esa primera fase de la práctica pictórica de Pablo Rey
en algo que no nace de una imposición interior – cuando menos
consciente, hay que evitar sicologismos que podrían convertir en
dramático o cómico (expresionismos) aquello cuya presencia
sólo se desea como color – sino que pintar debe plantearse
como una simple presencia de colores en un plano.
Ante el cuadro haciéndose, en proceso, al mismo tiempo que el artista
atiende a las imposiciones de los colores que en el espacio van apareciendo,
la realidad exterior que le envuelve también le afecta y con aquiescencia
o sin ella, interviene, tergiversa un color o una cromaticidad, puesto
que quien pinta, o se sirve de los colores, es un ente que siente y le
afecta lo que sucede en el entorno. El cuadro es absolutamente libre,
crece de y por sí mismo, pero necesita en ese in progress que alguien,
el artista, le ayude a desarrollarse y, ahí, intervienen los imponderables
que aparecen en la obra. De pronto el artista se da cuenta que aquel manar
de colores no sólo muestra el cuadro, que es lo esencial, sino
que además, habla del mundo, de la manera que cada cual tiene de
sentirlo y comprenderlo. Al ver el cuadro, cada uno prioriza su conflicto.
Aquella libertad cromática hacia la que avanzaba Velázquez,
ahora, en nuestro tiempo, se encuentra de nuevo comprometida, porque los
colores no quieren permanecer sin más en su soporte. Pero una cosa
era la vieja constricción figurativa y otra la nueva manera de
ver el mundo de quien hace la obra o la observa y le impone su presencia
y su dinámica.
De ello resulta que cada cuadro es diferente, cada obra obedece a su circunstancia,
la del artista pero también la de quien se planta incondicionado
ante el espacio pintado. Los espacios pintados – es la gran sorpresa
aportada por el informalismo - describen a quien se los mira: lo que cuentan
es lo que hay en quien observa.
El artista ha designado esa serie de obras actuales Estados complementarios,
dando así a entender la lucha que en cada obra se fragua por la
sola presencia de los colores y ante y con quien los observa.
Confieso, para esa circunstancia, alguna de mis proyecciones frente a
esas obras: la designada como Estados complementarios 020, la
percibo como la misma severidad amable que Velázquez otorgó
a su retrato de Inocencio X; allí los colores dispuestos
en libertad por el artista se han organizado en dos grandes áreas,
la de los rojos y la de los blancos, según una forma predeterminada
por el personaje, y si bien el pintor luchó – se observa
en cada una de las pinceladas – acabó imponiéndose
la cultura perceptiva de su tiempo así como el prejuicio que el
propio artista volcó en su obra sobre la afabilidad del egregio
retratado. En mi pretendido trasunto del cuadro actual, aquellos mismos
colores han alcanzado su libertad, se han instalado en donde ellos quieren
estar, aunque mantengan una lucha activa frente a la voluntad del artista,
que ejerce su dominio para mantener viva una dinámica esplendorosa
(como en el cuadro de Velázquez, pero ahora, y sin prejuicios,
en libertad). La otra pieza es el número 017; me he deslizado
hacia La fragua de Vulcano, aunque también podría
tratarse de Menipo; los amarillos azafranados me han impulsado
hacia ello. Tal vez en la obra de Rey hay más azules que en las
de Velázquez, pero creo que ello se debe a que el tiempo o la incuria
los han rebajado. Pero el color ambiental de fondo y su reducción
configurada en las formas humanas son los mismos plasmados por el artista
actual; con la diferencia en pro del presente que ahora nuestro pintor
ha sabido mostrar la obra como un trabajo pictórico y no como una
historia que era preciso relatar o de la que servirse para poderse expresar.
Rey ahora puede enfrentarse con los colores y mostrarlos tales como ellos
se organizan, al mismo tiempo que respetan la voluntad creadora de su
autor. Ver, sentir y meditar; he ahí la pintura.
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